Internet a la boliviana

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Mujeres en tecnología (*)

La presencia de las mujeres en la creación de tecnología es escasa. Tal vez la estadística más escandalosa relacionada con este fenómeno es que solo el 1,5% de desarrolladores del software libre y de código abierto (FOSS) en el mundo son mujeres. Y aunque existen grandes excepciones, la escasa presencia es evidente. Algunos buenos ejemplos de mujeres en tecnología fuera del país son Marissa Mayer, la ejecutiva principal de Yahoo; la ejecutiva de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, nombrada como la mujer más poderosa de la tecnología en 2015 por la revista Forbes; y Susan Wojcicki, la  principal ejecutiva de YouTube. En Bolivia, Virginia Kama, jefa de desarrollo en la empresa Devenet; Irma Prado, jefa de ingeniería electrónica de la UMSA; y las dos emprendedoras de Codemia, Daniella García y Adriana Zegarra, son buenos ejemplos de la excepción.

Este fenómeno tiene varias explicaciones, unas que tienen que ver con la formación de roles de género, otras con el machismo y algunas más, por el acoso que deben soportar las mujeres en ambientes donde los hombres son la mayoría y que prefieren evitar.

Un estudio ha verificado que cuando una familia tiene una computadora y debe elegir en qué habitación ponerla, la mayoría la coloca en la habitación del hijo y no de la hija, alejando así la posibilidad de contacto de las mujeres con la tecnología. Se tiende a pensar que la tecnología, los fierros, el pensamiento lógico lineal es cosa de hombres; y que las carreras sociales, las relaciones, los sentimientos son cuestión de mujeres.

¿Pero, por qué es importante que las mujeres participen de la creación tecnológica? ¿Solo porque también tienen derecho? ¿O por qué la creación de tecnología se favorece con la diversidad de lógicas y experiencias? Pues no solamente por ello. En realidad, esto es importante por razones políticas. La creación de tecnología es una actividad que genera mucho dinero y que, por tanto, es un espacio de poder y, en este caso, dominado por los hombres. La escasa participación de las mujeres en esos espacios fortalece el orden de las cosas, donde las mujeres tienen roles subalternos, y refuerza la idea que las mujeres no pueden ocupar espacios de poder. Es producto de una construcción social, no es natural, no se debe a que las mujeres sirven para unas cosas y los hombres para otras. Por tanto, si el problema es político, entonces la solución también debe ser gestada desde una base política y no solo técnica. Algunos avances en el mundo se han dado desde el ciberfeminismo, cuya teoría y práctica son inexistentes en Bolivia.

(*) En homenaje a los 200 años del nacimiento de Ada Lovelace, la primera persona en definir un lenguaje de programación.

 

(Artículo publicado en versión impresa del periódico La Razón del 19 de octubre de 2015 http://www.la-razon.com/opinion/columnistas/Mujeres-tecnologia_0_2365563459.html)

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El feminicidio como relato de convivencia pública

Con pudor me atrevo a escribir acerca del fenómeno social en que se ha convertido la muerte de Andrea Aramayo, pudor por el dolor de su familia y la gente que la quiere, por tocar aspectos privados que han ingresado brutalmente en el dominio de lo hiperpúblico, por juzgar las motivaciones y acciones de William Kushner. Pero no argumentaré al respecto del tipo de delito y su sanción, eso no me corresponde. Voy a hablar acerca del proceso social que este caso provoca y el rol de Internet en eso. Varios casos ya nos han mostrado antes que Internet puede ser una plataforma de defensa de derechos y también hemos presenciado cómo puede servir para destruir prestigios, vidas. Desde esa experiencia quiero compartir algunos criterios.

Desde el miércoles de la anterior semana las redes sociales se plagaron de este caso. Para ser más precisa, mis muros en Facebook y Twitter estaban repletos de esos contenidos. Imposible no leer, no conmoverse, no reflexionar, no acceder a la invitación de opinar o hacer un like.

Y de esa manera, cada uno nos incluimos en la creación de un relato público. Esto ya se daba antes de las redes sociales, la diferencia es que después de informarnos, opinábamos en espacios privados: casa, colegios, oficinas, grupos de amigos. Solo quienes estaban dispuestos a salir a protestar en las calles o quienes accedían a un medio masivo podían participar de la formación del debate público. Ahora, quienes escriben un comentario, un post, comparten una foto, todos estamos construyendo algo en común. Es un crowdsourcing (un evento que es construido por una multitud). Por supuesto, no todos tenemos las mismas condiciones para influir en la creación del relato ni todos leemos a todos. Las familias de Andrea y William, los medios con sus criterios editoriales, las autoridades políticas, por ejemplo, tienen más posibilidades de afectar el relato y de ser leídos -y, por tanto, tienen más responsabilidad- pero todos participamos, nos apropiamos de lo que vamos armando y vamos apoyando pactos en común acerca de cómo algunas cosas deben ser hechas socialmente.

En este caso específico, espero que el relato fortalezca un rechazo a la violencia, no solo de género sino cualquier violencia, que no inspire “querer matar a alguien” o “que se pudra en la cárcel” porque eso solo apuntala más violencia. Espero que armemos una historia en común de justicia, de institucionalidad y de grandeza de alma. Que construyamos una reflexión acerca de cómo criamos a nuestros hijos e hijas, que aprendamos que nuestra indignación puede ser bien encaminada y no hay necesidad de ir a los insultos agrediendo a quien piensa diferente. Que valga la pena el tiempo que le estamos dedicando a este tema en Facebook, en Twitter, escuchando radios online, o escribiendo en whatsapp,  construyendo un relato común.

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Niñas ingenieras

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Gran parte de la literatura de desarrollo humano y social concluye que una buena parte de la solución de los enormes problemas de pobreza es que los propios beneficiarios sean quienes asuman su propio proceso de desarrollo, lo que en inglés se llama ownership y que cuando se traduce al castellano como apropiación pierde la parte más importante de su concepto que implica definir quién es dueño del proceso de desarrollo, a quien le pertenece. Es una llamada a pasar de un rol pasivo a otro activo en el proceso de desarrollo, lo que parece ser una máxima no sólo para salir de la pobreza sino para enfrentar de manera satisfactoria cualquier reto en la vida, lo que llaman los gringos “sentarse en el asiento del conductor”, tomar las decisiones y asumir las responsabilidades.

Ese rol activo es también necesario cuando se habla de tecnología. Podemos ser consumidores pasivos y entonces nos dedicamos a conocer las características de los últimos equipos, smartphones, netbooks, bluetooth, sistemas operativos, etc. Aunque uno se siente muy activo porque busca información en blogs y foros, todo está dirigido a comprar la tecnología que otros crean, no a crear tecnología, es decir, a tener un rol activo en la generación tecnológica. Esto se puede cambiar desde la escuela, ya se ha estado diciendo con insistencia que en unos años quien no sepa desarrollar programas de software, será el nuevo analfabeto. Esto demanda un cambio de consumir tecnología a crear tecnología.

Quiero llamar la atención acerca de un punto más en este tema. El mundo del desarrollo del software es predominantemente masculino y si se piensa que una de las principales actividades de la escuela será la creación de software, también se debe considerar la necesidad de generar actividades para motivar a que las niñas ingresen a ese mundo masculino para no sufrir una nueva discriminación. Un proyecto en ese sentido que me tiene fascinada hace tiempo es GirlsWhoCode, búsquenlo en Google. Y otro proyecto que vi anunciado en youtube (por cierto, un video que se viralizó con más de 7 millones de vistas en menos de una semana) es un set de juegos de ingeniería para niñas, un proyecto desarrollado por la ingeniera Debie Sterling en su empresa Goldie Blox.

En Bolivia, no conozco una escuela o colegio que enseñe a desarrollar software, menos una que sea sensible a la discriminación de género en este aspecto. No conozco, por tanto, institución educativa de primaria o secundaria que esté enseñando a tener una actitud activa en el desarrollo de tecnología pero de conocerla, le haría promoción gratuita, les aseguro. Sería la mejor escuela para que una niña o un niño se formen.